Santo Domingo, República Dominicana.— Una imagen sacada de un video de hace varios años durante una manifestación en la avenida Independencia, en las cercanías del Palacio de Justicia de Ciudad Nueva, muestra una escena impactante.
En medio de aquella protesta, una persona resulta afectada por los gases lacrimógenos lanzados por agentes policiales para dispersar a los manifestantes. Dos personas se acercan para ayudarla. Una de ellas aparenta ser de avanzada edad y, sin importar las circunstancias, se detiene para prestar auxilio.
Lo que ocurre alrededor resulta todabía más impresionante. Mientras la persona afectada necesita ayuda, varias personas permanecen con sus teléfonos celulares en las manos. A simple vista, se pueden contar al menos cinco que parecen estar grabando la escena.
Nuestra captura no permite saber qué pensaba cada una de esas personas ni por qué decidió grabar en lugar de acercarse y ayudar. No sería justo juzgarlas solamente por una imagen.
Pero surge la pregunta: ¿Por qué nos preocupamos más por grabar lo que le pasa a otro antes que tratar de ayudarlo?
Los móviles tienen una gran utilidad. Gracias a ellos quedan registradas situaciones que de otra manera quizás nunca conoceríamos. Pero también pueden hacer que nos convirtamos en simples espectadores de situaciones que requieren algo más que una cámara.
Un video puede durar un minuto y luego desaparecer entre cientos de publicaciones. Una mano ayudadora, en cambio, puede ser lo que una persona recuerde durante mucho tiempo.
No se trata de dejar de grabar ni de pretender que todo el mundo debe intervenir en cualquier situación. Se trata de no perder la capacidad de reaccionar ante el sufrimiento de otra persona.
Como dice el estribillo de una hermosa canción compuesta por un viejo amigo: «Sin entender que el dolor igual a mí me alcanzará, y sentiré la misma pena que sintieron los demás».
Antes de sacar el celular para grabar, quizás deberíamos preguntarnos si podemos hacer algo para ayudar. Sería mucho mejor.



