Santo Domingo, República Dominicana.- En el corazón histórico de Santo Domingo, donde convergen el turismo, la cultura y la memoria nacional, también se manifiesta una realidad silenciosa y dolorosa: la de los adultos mayores que viven en las calles. En la calle El Conde, una de las más transitadas de la Zona Colonial, esta problemática se hace visible entre vitrinas comerciales y pasos apresurados.
Sentada en el suelo, en los alrededores del Palacio Consistorial, una señora de edad avanzada pedía limosna con la mirada baja y las manos extendidas. Su presencia contrastaba con el entorno patrimonial que la rodeaba, recordando que la pobreza extrema no distingue escenarios y que el abandono puede instalarse incluso en los lugares más emblemáticos del país.
Como ella, decenas de personas mayores sobreviven diariamente en condiciones de vulnerabilidad, sin acceso a vivienda digna, alimentación adecuada ni atención médica continua. Muchos han sido desplazados por la falta de recursos, la ausencia de redes familiares o la imposibilidad de seguir trabajando debido a problemas de salud propios de la edad.
El envejecimiento en las calles no solo implica carencias materiales, sino también un profundo impacto emocional. La soledad, el rechazo social y la indiferencia se suman a las limitaciones físicas, creando un escenario donde la dignidad humana se ve constantemente amenazada.
De acuerdo con especialistas en temas sociales, la presencia de adultos mayores en situación de calle refleja fallas estructurales en los sistemas de protección social. Aunque existen programas de asistencia, estos resultan insuficientes para cubrir la creciente demanda de una población envejenciente que continúa aumentando.
El Estado dominicano está llamado a fortalecer las políticas dirigidas a la protección integral de los adultos mayores, garantizando albergues adecuados, pensiones dignas y acceso efectivo a servicios de salud. La vejez, no debe ser sinónimo de abandono ni de mendicidad.
Asimismo, el sector privado puede desempeñar un rol clave mediante programas de responsabilidad social que incluyan apoyo económico, donaciones, iniciativas de reinserción social y alianzas con organizaciones que trabajan directamente con esta población vulnerable.
La comunidad en general también tiene una responsabilidad ineludible. Mas allá de la limosna ocasional, se requiere empatía, denuncia responsable y participación activa en iniciativas solidarias que contribuyan a mejorar las condiciones de vida de quienes han sido olvidados.
La imagen de una adulta mayor pidiendo ayuda en plena Zona Colonial debe servir como un llamado urgente a la conciencia colectiva. Atender la situación de los envejecientes en las calles no es solo un deber social, sino un acto de humanidad que define el tipo de sociedad que aspiramos a ser.



