Santo Domingo, República Dominicana.- El bullying o acoso escolar continúa dejando huellas profundas en la niñez y la adolescencia de América Latina y el Caribe. Aunque muchas veces se minimiza como «cosas de muchachos«, los datos revelan que se trata de una forma de violencia persistente que impacta la salud emocional, el rendimiento escolar y la convivencia en las comunidades. En los barrios de nuestra República Dominicana, la preocupación crece entre familias y educadores.
De acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidad para la Infancia (UNICEF), y la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada cuatro estudiantes en la región afirma haber sufrido acoso. La cifra pone en evidencia que el problema está lejos de ser aislado y que millones de niños y adolescentes enfrentan situaciones de hostigamiento en su vida cotidiana.
En el caso de la República Dominicana, la Encuesta Mundial de Salud Escolar indica que cerca del 30% de los adolescentes entre 13 y 17 años dice haber sido víctima de bullying al menos una vez. El dato refleja una realidad que se cuela tanto en las aulas como en los entornos comunitarios, donde muchos jóvenes caminan con el peso invisible de la burla o la intimidación.

El fenómeno no se limita a un incidente puntual. Según los organismos internacionales, para que se considere bullying debe existir un patrón repetido de agresión de una persona o grupo contra alguien que tiene dificultades para defenderse. Puede manifestarse mediante insultos, golpes, acoso sexual o ataques en redes sociales.
Las consecuencias van más allá del momento del abuso. Expertos advierten que quienes sufren bullying presentan mayor riesgo de depresión, ansiedad, aislamiento social e incluso pensamientos suicidas. En la práctica, esto se traduce en estudiantes que pierden interés por la escuela, bajan su rendimiento y se retraen de la vida social.
Pero el daño no solo alcanza a las víctimas. Los propios agresores también enfrentan riesgos, ya que suelen desarrollar conductas antisociales y mayor tendencia al consumo de sustancias. Esto convierte el bullying en un problema de salud pública que afecta el presente y el futuro de toda la comunidad.
Las razones del acoso son diversas. En la región, las burlas suelen centrarse en la apariencia física, la etnia, la nacionalidad, la religión o discapacidad. Estos motivos reflejan prejuicios que los jóvenes reproducen muchas veces sin plena conciencia del daño que provocan.
Las estadísticas también muestran diferencias de género. Los varones reportan con mayor frecuencia agresiones físicas, mientras que las niñas suelen enfretar más maltrato psicológica y sexual. Por ejemplo, más de 300 niñas consultadas dijeron haber recibido burlas sobre su cuerpo, frente a poco más de 150 niños.

En nuestra comunidad el impacto se siente en silencio. Muchos adolescentes prefieren callar por miedo a represalias o por vergüenza, lo que dificulta detectar los casos a tiempo. La imagen de jóvenes caminando por las calles de uno de los barrios del Gran Santo Domingo refleja precisamente esa realidad: historias que existen pero que pocas veces se cuentan.
Ante este panorama, Unicef y la OMS insisten en la necesidad de actuar con firmeza. Proponen fortalecer las leyes, implementar programas escolares integrales, capacitar al personal educativo y promover la participación activa de las familias y la comunidad. Enfrentar el bullying no es solo una tarea de las escuelas; es un compromiso colectivo para proteger la salud emocional y el futuro de niños y jóvenes.



