Santo Domingo, República Dominicana.- Marzo siempre trae a la memoria colectiva de los dominicanos uno de los momentos más difíciles de la historia reciente: el inicio del estado de emergencia y los toques de queda que paralizaron al país durante la pandemia del COVID-19. Calles vacías, hospitales desbordados, mascarillas en cada rostro y el miedo constate al contagio marcaron una etapa que transformó la vida cotidiana de millones de personas.

El primer caso de Coronavirus en la República Dominicana fue confirmado el 1 de marzo de 2020, cuando un turista italiano (Claudio Pascualini) que se encontraba en el país dio positivo a la enfermedad. Apenas días después, el virus comenzó a propagarse y el mundo ya estaba en alerta máxima, luego de que la Organización Mundial de la Salud declarara el COVID-19 como pandemia global el 11 de marzo de ese mismo año.
Ante el avance de los contagios, el Gobierno dominicano declaró el estado de emergencia el 17 de marzo de 2020, una medida extraordinaria que permitió aplicar restricciones a la movilidad y a las actividades sociales para frenar la propagación del virus. Aquella decisión marcó el inicio de una etapa inédita para la población, acostumbrada a la vida activa de las ciudades caribeñas.
Tres días después, el 20 de marzo, el entonces presidente Danilo Medina anunció mediante el decreto 135-20 el primer toque de queda nacional, que prohibía la circulación de personas desde las 8:00 de la noche hasta las 6:00 de la mañana. La medida inicialmente se aplicaría por dos semanas, pero con el paso de los meses fue extendida y modificada varias veces.
Aquellas noches de silencio se volvieron parte del paisaje dominicano. Patrullas policiales recorrían las calles para garantizar el cumplimiento de las restricciones, mientras hospitales, clínicas y personal sanitario enfrentaban una presión sin precedentes. Solo médicos, enfermeras, periodistas, trabajadores de emergencia y algunos servicios esenciales podrían transitar durante el horario restringido.
El impacto social fue inmediato. Escuelas, universidades, restaurantes, bares y centros comerciales cerraron sus puertas. Eventos masivos, conciertos y actividades deportivas quedaron suspendidos. Las familias se refugiaron en sus hogares mientras la incertidumbre dominaba el ambiente y las autoridades sanitarias insistían en medidas como el uso de mascarillas, el distanciamiento físico y el lavado constante de manos.

Mientras tanto, el sistema de salud dominicano tuvo que adaptarse rápidamente. Se habilitaron nuevas áreas hospitalarias, aumentaron las camas de cuidados intensivos y se instalaron centros de aislamiento para atender a los pacientes. Los médicos y enfermeras se convirtieron en protagonistas silenciosos de una batalla que se libraba día y noche contra un virus desconocido.
Con el paso de los meses, el país también inició una carrera científica y logística para acceder a las vacunas contra el coronavirus. Los operativos de inmunización, realizados en hospitales, centros comunitarios y espacios públicos, marcaron una nueva etapa de esperanza para la población dominicana.

Las imágenes de ciudadanos haciendo filas para vacunarse, personal de salud protegido con trajes especiales y brigadas médicas recorriendo comunidades quedaron grabadas en la memoria colectiva del país. Aquellos operativos representaron uno de los mayores esfuerzos sanitarios en la historia reciente de la nación.
Sin embargo, el camino hacia la normalidad fue gradual. Durante más de un año, las autoridades ajustaron los horarios del toque del queda en múltiples ocasiones, flexibilizando o endureciendo las restricciones según el comportamiento de los contagios y la ocupación hospitalaria.

A nivel mundial, la pandemia dejó cifras devastadoras. Más de 700 millones de personas se contagiaron del virus y más de siete millones fallecieron en distintos países, según datos internacionales recopilados durante los años posteriores al brote inicial.
Hoy, varios años después, aquellas escenas de calles vacías, hospitales en alerta y ciudadanos con mascarillas siguen siendo un recordatorio de la fragilidad humana frente a las crisis sanitarias. Marzo no solo recuerda el inicio de las restricciones, sino también la resiliencia de un país que, en medio del miedo y la incertidumbre, logró adaptarse para seguir adelante.



